
Ciego que apuntas y atinas,
caduco Dios y
rapaz,
vendado que me has
vendido,
y niño mayor
de edad,
por el alma de
tu madre
-que murió siendo inmortal,
de envidia de
mi señora-
que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.
Baste el tiempo mal gastado
que he seguido
a mi pesar
tus inquietas
banderas,
foragido capitán.
Perdóname, Amor, aquí,
que yo te
perdono allá
cuatro escudos de
paciencia,
diez de ventaja
en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.
Amadores desdichados,
que seguís
milicia tal,
decidme ¿qué buena
guía
podéis de un ciego
sacar?
de un pájaro
¿qué firmeza?
¿qué
esperanza de un rapaz?
¿qué galardón
de un desnudo?
de un tirano
¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.
Diez años desperdicié,
los mejores de
mi edad,
en ser
labrador de Amor
a costa de mi
caudal.
Como aré y sembré, cogí;
aré un alterado
mar,
sembré en estéril
arena,
cogí vergüenza y
afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.
Una torre fabriqué
del viento en
la vanidad,
mayor que la de Nembroth
y de
confusión igual.
Gloria llamaba a la pena,
a la cárcel
libertad,
miel dulce al
amargo acíbar,
principio al fin,
bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.
(Luis de
Góngora)